… y tenía un espejo mágico al que todos los días preguntaba:
– Espejito, espejito, espejito de pared, la más hermosa del mundo, ¿puedes decirme quién es?
Y el espejo le contestaba:
– Eres tú mi reina y señora, la más hermosa de todas.
Así pasaron los años hasta que Blancanieves se hizo mayor. Un día la reina preguntó a su espejo:
– Espejito, espejito, espejito de pared, la más hermosa del mundo, ¿puedes decirme quién es?
Y el espejo le contestó:
– Tú, reina, en mi cristal lo eres, pero te gana Blancanieves.
– La reina, muy enfadada, le dijo a uno de sus soldados:
– ¡Llévate a Blancanieves al bosque y mátala sin piedad, y para que compruebe que la has matado tráeme su corazón!
El Espejo
De repente deje de escuchar ese ruido como de una enorme bomba de agua, pensé que todos esos sonidos venían de fuera, pero no era así, estaban en mi interior. Me impresioné porque justo segundos antes en mi cabeza volaban todo tipo de ideas, la mayoría de estas ideas eran desagradables o alimentaban temores sobre el futuro; pero de pronto se hizo el silencio, como si de repente el mundo se quedará callado o mis oídos se cerraran; ni los coches, ni los sonidos del tráfico, ni los murmullos de la gente se escucharon más, pero sobre todo, se terminó el bombardeo de ideas temerosas que agobiaban mi interior. Y en ese momento empecé a disfrutar de los colores de la vida y a percibir mi alrededor de otra manera, tal vez por un segundo, se me concedió la gracia de empezar a vivir.
Así es, una de las peores enfermedades de nuestra época es el stress. Millones de personas viven en tensión permanente, ansiedad que desemboca en un torrente de depresión que a veces llega hasta la muerte. Esta tensión permanente en la que vivimos nos convierte en seres humanos angustiados cuyo principal producto de consumo son los medicamentos; incluso ahora tomamos medicamentos para enfermedades que aún no aparecen, y así alimentamos más miedos cuya fuente principal no es el mundo exterior, sino nuestra interior. Los psicólogos reconocen que hay un gran desafío pues no se puede apoyar a los enfermos víctimas de todos estos miedos, si la persona no tiene voluntad para hacerlo o si ni siquiera sabe que necesita ayuda.
Si por un momento dejáramos de percibir nuestras preocupaciones externas; si por un momento dejáramos de preguntarnos de que tamaño es el sol o cuanto mide el universo; si por un momento dejáramos de criticar a la gente que tenemos cerca, tal vez tendríamos el tiempo y el valor para acercarnos al espejo con el único afán de conocernos. En ese momento habríamos dado el primer paso para la madurez, la madurez emocional. Pero no es tan sencillo ir al espejo.
Se dice que el viaje más largo que debe hacer el hombre, es el de conectar su cabeza con su corazón o su corazón con su cabeza. En este viaje no hay una guía, aunque el mundo de la psicología puede ayudarnos, en realidad cada quien tiene que ponerse en marcha para hacerlo, pero el requisito, es querer hacerlo con toda honestidad.
Sin embargo, para emprender este viaje el principal obstáculo somos nosotros mismos. Uno de los más grandes saboteadores de nuestra felicidad se llama: yo. Y para ello empleamos el orgullo. Dice nuestro conocido Fulton J Sheen, que el orgullo mata la docilidad y esto deja a la persona sin capacidad de ser ayudada. Efectivamente conocernos a nosotros mismos puede ser un gran acontecimiento, pero nos negamos a mirar al espejo jamás podremos descubrir nuestras áreas que deben mejorar y las que deben fortalecerse.
Para no ver tenemos dos fórmulas: la primera, como en el cuento de Blancanieves, sólo queremos ver que nuestro espejo nos reconozca como los mejores, nos sentimos tan inseguros que sólo queremos llenarnos de adulación. En esa dinámica empezamos a mendigar los halagos, necesitamos una dosis permanente de admiración, queremos que cada persona nos diga, lo que queremos oír y no más. Sino ocurre eso, empleamos la segunda fórmula que consiste en criticar a los demás, ver lo malo de los otros, para entonces sentirnos superiores. Y detrás de esta actitud se envuelve la irrealidad sobre lo que realmente somos.
Pero la realidad está presente y muy probablemente, terminemos rendidos y avasallados por esa realidad, y ante eso, podemos reaccionar con sencillez o podemos reaccionar con más orgullo y entonces, como la madrastra de Blancanieves, empezaremos a herir a los que creemos que son mejor que nosotros: ¡tráeme el corazón! Gritó la madrastra. Porque sólo un corazón puede dañar a otro corazón.
¿Por eso estamos tensos? Nuestra imagen, nuestra idea, no empalma con la realidad y nos frustramos. Aunque no estemos totalmente conscientes, percibimos ese aspecto y tensamos más nuestro corazón y nuestra mente, se alejan y se jalan aún más, y el camino verdadero de encontrarnos con nosotros, mismos se ve cada vez más lejano.
Para José Antonio Elizondo López, un experto en la atención del alcoholismo o las adicciones, para que una persona empiece el camino de recuperación se necesitan 6 elementos: Determinación, mente abierta, honestidad, comunicación, constancia y humildad.
Si un reloj se descompone, no sabe que se descompuso. Puede quedarse años sin atención y en su apariencia no habrá ningún cambio, aunque en realidad ya no está cumpliendo con su objetivo. La única manera que existe para que el reloj camine, no es esperar años y años de evolución para que su energía y su materia se reestablezcan. Eso no va a suceder. Lo que el reloj necesita es la ayuda de un relojero, sólo alguien exterior y superior puede ponerlo en marcha.
Así que un primer camino en el conocimiento de nuestras capacidades y limitaciones es conocernos a nosotros mismos. El siguiente paso es pedir ayuda de alguien distinto a nosotros, superior a nosotros. Nuestra tensión es que pensamos que podemos nosotros solos, que somos autosuficientes, que nos bastamos a nosotros mismos; pero como el reloj, sino estamos conscientes, frustraremos nuestra meta al no poder caminar. Podremos ir a mil cursos o participar en distintos grupos de autoayuda, pero se requiere alguien que conozca nuestro corazón y nos ayude a repararlo. Tal como el relojero puede echar a andar un simple reloj.
Son sólo dos elementos los que necesitamos en este viaje: se requiere que recuperemos la confianza en nosotros mismos, conociéndonos de verdad; pero también que depositemos nuestra fe en el que hizo el tiempo y el espacio, dos dimensiones sobre las cuales derramamos todas nuestras ansiedades. Sólo él autor del tiempo y el espacio podrá ayudarnos, respetando nuestra libertad, a caminar en la frontera de la vida, del trabajo, del amor y la recreación. Tenemos la oportunidad de vivir si trascendemos el tiempo y el espacio. De lo contrario podemos seguir asustados por que la nave no trabaja bien, porque podemos enfermar, porque aún no tenemos todo lo necesario para el viaje de la vida, porque nuestros hijos también deben viajar y bien, y así seguir tensos y preocupados por la nave, en lugar de disfrutar el viaje.
Una mente realista puede ver nítidamente en el espejo sus heridas y pedir ayuda. Una mente orgullosa no lo hará y podrá proyectar su tensión dañando a los que la rodean. Cuando Jesús reflexionó sobre esto nos hizo una oferta: “vengan a mi todos los que están cansados y tristes: yo los aliviaré”