#Los80sEnMéxico
Tengo que reconocer que aquel suceso transformó mi mundo. Aprendí que un solo hecho puede alterar el curso de la historia. Aquel día fue tremendo y la vida nunca volvió a ser igual.
Durante muchos años, las vacaciones de verano o de invierno fueron las más divertidas de la tierra y después, adiós.
Podría llenar las hojas de divertidas anécdotas, pero el recuerdo más remoto que llega a mi mente, es que mi primo Beto y yo brincábamos sobre la cama mientras cantábamos; “coge tu sombrero y póntelo, vamos a la playa calienta el sol… chibirí birí po po po pooo, chibirí birí po po po pooo” Y nos invadía un incontrolable ataque de risa y volvíamos a saltar en la cama hasta caernos.
Si, mi primo Beto era mi gemelo, mi amigo, mi hermano. Sólo que él es blanco y yo negro. Nacimos el mismo año, así que convivimos intensamente como dos grandes amigos, desde bebes hasta la adolescencia: soñamos, corrimos muchas aventuras, escribimos canciones y poemas, tocamos la guitarra, escalamos un volcán, hicimos un equipo de futbol y grabamos nuestros propios programas de radio en las grabadoras de los ochentas con un casete.
La navidad de 1982 fue muy especial, y tal vez la última que pasamos juntos. Nos encantaban los Beatles, así que compramos guitarras y ensayábamos acordes intentando por lo menos completar una canción: love love me do… Esa navidad tomamos sidra (licor de manzana) y vaciamos la botella, creo que fue nuestra primer borrachera. Cantar, jugar y divertirnos era la tónica en cuanto el llegaba a mi casa.
Cada ciclo vacacional era esperado, nos volveríamos a ver para diseñar travesuras que se volvieran cada vez más sofisticadas: ir al panteón en la madrugada y asustar a la gente. Hacer campañas políticas para que la gente votara por Adolfo, mi hermano. O diseñar invitaciones donde él se casaba o yo me casaba y sólo menciono unas cuantas loqueras adolescentes.
Pero en los primeros meses de 1981 vino el suceso que trastornó nuestras vidas y nos separó gradualmente. Yo regresaba del pequeño negocio que tenía mi padre, y ese día fue totalmente inusual, pues cayó nieve en la ciudad de México. (Creo que los grandes sucesos vienen acompañados de malabares de la naturaleza).
Al llegar a casa los vecinos hicieron muñecos de nieve. La ciudad gris y fría, parecía una estampa de navidad pero nostálgica. Hacia medio día llamaron a mi casa y mi tía se puso triste. Le comentó inmediatamente a mi papá: “murió Don Artemio”. Sí, mi tío, el papa de Beto, de mi gemelo, de mi amigo, de mi cómplice.
Nunca había perdido yo a un ser querido. Cuando supe la noticia pensé en Beto y en sus hermanos. Y por primera vez me confronté con el misterio de la muerte. Algo en mi me decía que no puede ser. Que en alguna parte del universo mi tío permanecía y permanece, mientras escribo estas líneas.
Al viajar a Tlaxcala donde vive mi primo, en un pequeño pueblito debajo de un volcán, todo me parecía muy sombrío: la carretera, la lluvia, las casas y las personas. Mi atmosfera era francamente deprimente. Pero lo más dramático ocurrió cuando observe la caja de muerto, camine y me acerque y contemplé ahí, detrás de un cristal, el rostro relajado de mi tío. Me impresioné.
Mis primos estaban dormidos y sólo Beto estaba ahí, lo salude y no supe que decirle. Se veía fuerte, pero muy lastimado. Nos comunicábamos en el silencio, sin decirnos nada. Siempre habríamos compartido una gran felicidad y ahora compartíamos una profunda soledad y desconsuelo. Esa noche todo fue más obscuro.
Al otro día fui con toda la familia fuimos a la misa de cuerpo presente; al terminar la ceremonia toda la gente salió acompañando al ataúd. Y Beto y yo no nos movimos. Nos quedamos solos en la iglesia. Después de un largo silencio donde la cúpula me parecía más y más grande, el me dijo muy sereno: “No lloraré, el me pidió ser fuerte”. Comprendí todo en ese segundo, como si supiera la profundidad de ese diálogo entre un padre y un hijo. Así que yo hice lo mismo, levante la mirada y puse mi mente en el vacío. No sabía que decir, sólo tenía que estar ahí: y acompañarlo.
Y cada vez fue más difícil volver a reunirnos, súbitamente concluyeron los años infantiles de alegría y feliz encuentro. Beto ya no pudo compartir más sus vacaciones y se abrió una profunda ruptura en nuestra historia. El se hizo cargo de la casa y la familia. Y le he tenido desde entonces, una profunda admiración.
Tenía que seguir mi camino y él el suyo. Y ahora somos capaces de dialogar con la mirada y cada vez que nos encontramos, sonreír y recordar. Podemos pasar horas y horas y aburrir a nuestros hijos con nuestras historias y aventuras que vivimos: como meternos en cuevas y cazar animales extraños, ver extraterrestres, o como cuando pusimos nuestros pies en el fuego y no sentíamos el calor, porque casi nos congelamos en el volcán.
Soñamos con hacer una banda y tocar nuestras guitarras. En aquella época, cuando Beto dejó de ir a mi casa a pasar sus vacaciones, puse un disco de acetato, no había youtube, pero pude tomar una guitarra y cantar una pieza de nuestra banda favorita:
Nosotros dos viajando sin rumbo
Gastando la paga que alguien ganó duramente
Tú y yo conduciendo en domingo
Sin llegar al camino de vuelta a casa
Vamos de camino a casa
Vamos de camino a casa
Vamos a casa.
Nosotros dos enviando postres
Escribiendo cartas en mi pared
Tú y yo quemando cerillas
Tocando timbres al volver a casa
Vamos de camino a casa
Vamos de camino a casa
Vamos a casa
Tú y yo tenemos recuerdos
Más largos que el camino que se abre ante nosotros
Nosotros dos en gabardina
Solos bajo el sol
Tú y yo persiguiendo papel
Sin llega a ninguna parte de vuelta a casa
Vamos de camino a casa
Vamos de camino casa
Vamos a casa
Tú y yo tenemos recuerdos
Más largos que el camino que se abre ante nosotros
Nosotros dos en gabardina
Solos bajo el sol
Tú y yo persiguiendo papel
Sin llegar a ninguna parte de vuelta a casa
Vamos de camino a casa
Vamos de camino a casa
Vamos a casa
Vamos a casa